21 enero 2010

Estos caballos intrusos


Sé lo que me depara el infierno
Lo que esconden mis adentros
Lo que se derrumba (derribos de todo tipo, llame a la puerta)
Y a medio camino del todo
Esta quebradura
La soledad que no se toca
Ni el corazón...

Sé lo que vive allá afuera (¿dónde?)
Lo que me depara el naufragio
Los despojos que miras (si es que los miras)
La condena en el agujero
La herida que lo ocupa todo
Las brasas de este suplicio
El fétido impulso
La mierda
La inutilidad de los horizontes (allá lejos, quietecitos)
El cráneo de espinas
La hiena
La deriva
Las alucinaciones auditivas
Las visuales: todo fractales demoniacos, figuras partidas
Estatuas resquebrajadas
La ceniza que eyacula el volcán y que colma de muerte las calles
Que gritan muy quedo

Y mis manos
Que no perciben
Ya nada...

Sé lo que me depara esta insignia
Tatuada con rayas esquizofrénicas

Esta cascada
Que lentamente se seca
Dejando a la vista las ramas (torcidas, orgánicas, enrevesadas)
Los golpes infames al rostro
Una lluvia de escupitajos

La muleta que apuntala los techos
Lo bien que me vienen los espacios abiertos
(Para la salud de mi sombra famélica, más hambrienta que nunca)
Y una danza terrible, larguísima, que dure unos años sin pausa
Sin tregua hasta derribarme

Drenarnos la dobladura
Todos los resquicios
Las esquinas saturadas de postes
Las aves en caída libre
La hoguera
La fiebre

No quiero enterarme de nada

La nieve que me anega por dentro
La plástica decadente
Todas las canciones miserables...

Sé lo que me depara el abismo
La vertical hacia el fondo
Los bajos pisos (con sus fantasmas)
El instructivo
La guarida del oso

Y esta buhardilla inalcanzable
Donde nacen todos los peces
Que nadan
Y se desmoronan
Sin dirección

16 enero 2010

Desciendo por una pendiente muy larga



Echarle un poco de furia a la tarde
Partir de este lago drenado, de este fondo infinito
Capital de lo imposible

De este hueco roto, este descenso circulatorio (tan oscuro como el enemigo dentro)
Contemplar el dolor infame, de mar picado y monstruos luminiscentes
Contemplar un reflejo pardo, basto, con acentos de sangre en las cejas y en las pestañas

El lago perdido allá abajo: tentación de la ausencia
Partir de este lago reseco, marca de heridas antiguas
De este silencio (hablas tanto, lo sé, me lo han dicho)

Decirle constantemente al cerebro: peligro de muerte, peligro de muerte
Y este dolor que no cede, de mar revuelto y espumas inalcanzables

Tu destrucción absoluta, tu voluntad suicida
Echarle un poco de furia a la tarde
Que salte magnífico el tigre

Y este dolor de siempre
Que canta: mi dolor querido y la noche-carta abierta a la muerte

El acto sagrado de la tala
Que canta dulcemente: mi dolor querido, dolor de siempre
Movimiento constante (oxigenación de la sangre)

No moverse de este bosque: mi dolor que no se quita
Mi dolor novel
Dolor de aquí te espero, aquí te sigo esperando

Qué es esto que me hace sentir tan vivo, tan feroz
Como una pantera negra
Qué alza los brazos, tan extático, tan cercano

Mi dolor de espalda y de espíritu: partir de la lluvia, de la demencial tormenta de arena
Mi dolor fantasma

Qué brota como amenaza (oscureciéndolo todo)
Que salte magnífico el tigre: no moverse de este bosque
Dolor infinito (capital de lo imposible), quién es esta persona que lo ocupa todo

Mi dolor chiquito
Mi dolor de sangre, tan subterráneo, ese lago seco

Mi dolor de infante suicida
Mi dolor que lo ocupa todo (no hay cabida para nada, aquí no cabe nada, nada se mueve)
Mi dolor silencio (hablas tanto, lo sé, me lo han dicho)

Mi dolor que se repite
Mi dolor que se repite pero es otro, y ahora es otro
La gruta, el aliento: partir del aliento, y luego el descenso

Mi dolor subterráneo (metro de Londres)
Destrucción subterránea: partir del exceso (tanta sangre en la orilla)
Mi destrucción absoluta, mi forma de decirle: me encantas
Mi construcción del pensamiento, la duda, que salte magnífico el tigre

Nada se detiene nunca: partir del ensayo
Esta migraña de por la tarde: luego el descenso
Que me hace sentir tan vivo, tan feroz
Como una pantera negra
El rito sagrado de la tala: partir del silencio (hablas tanto, lo sé, me lo han dicho)

Partir de la danza
De este sujeto
Que no se calla: vuelve a mí siempre (antifaz decorado)
Tu grito
Esa máscara que oculta tu rostro: partir del renovamiento
Que es todo depuración

22 diciembre 2009

Qué más daba la herida, la náusea, el aullido


Y qué más daba que tu código postal fuera el 28 00 4 y el mío el 28 00 5
Y qué más daba lo que yo dijera, la bestia guarecida, la herida, qué más daba
Y qué más daba todo: la hoguera, salir a gritos de la caverna, las garras, cariño, qué más daba
Qué fuimos, cómo nos descascaramos, flotamos a la deriva en un océano vasto y oscuro
Qué fuimos y cuándo; pedazos de yeso roto, de cemento agrietado, de hierro carcomido
Por el aire; templo sumergido en la selva, entre vísceras, polvo, gravilla suelta
Saltando al paso de los autos, la muerte, la página escrita, violentada, la bruma padre
Qué más daba, lo mórbido, el azúcar moreno en el suelo, el cobertor perfectamente colocado
Sobre la cama, cariño, tus uñas, tan escasamente pintadas, qué chingados más daba
Me pregunto, qué mierda más nos daba, que si las vacas, que si los pueblos
Bañados por los ríos con sus recodos y sus lianas y sus rápidos, qué chingados, cariño
Nos pinche daba, que si la semiótica, la estética, los farsantes, las pajas mentales, el
Estructuralismo, la forma, la estética del instante, de lo blando, de lo infame, de lo oscuro
De lo sucio, del silencio, del escándalo, de la fama, del suicidio, ya sea lento o precipitado
Y qué más daba (lo que yo dijera, lo que respondieses, lo que llegáramos a perder en el
Naufragio, en el despegue, en la erupción de nuestros cuerpos, el cataclismo de la psique) lo que
Nos rodeara, las coincidencias, los resquicios intocables –personalísimos, interiores–, las cenas, las
Calles oscuras de una ciudad descarriada, transformada en vertedero de espíritus y en manicomio

Y qué más daba nuestra novela, nuestra ridícula historia apasionada y ciega y pequeña
Nuestro desborde en este valle deforestado, la estética de lo fútil, la sangre
Que emana de tu sexo, nuestra mísera fertilidad y nuestros nombres , qué nombres, por dios
Tenemos, qué muletas, qué columnas dóricas, o corintias, luego del saqueo, del infame
Saqueo en que se ha convertido esta planicie terrosa y árida y solitaria
Y qué más daba que viviéramos uno en cada extremo del centro
Tú (arriba) en el norte y yo (abajo) en el sur
Y qué más daban nuestras nacionalidades, nuestros prejuicios, nuestras ideas juveniles del arte, de
La traición, del amor, del desamor, de lo salvaje, de lo pleno, de lo cósmico, de lo insuficiente, de
La fiebre, de la Náusea, de la Taberna, de los campos y las flores y las montañas, de tu duende, de
Los nahuales: animales símbolo, o animales canto, o animales viento
Y qué más daban los celos, qué más las aprehensiones, las catapultas y las hondas y los viajes
Y qué más daba la risa
Qué más los árboles, todos los árboles, ¿te acuerdas? Árboles y más árboles: árboles roca
Y árboles fuego
Qué ha sido de lo orgánico y de lo vivo, de lo espléndidamente vivo, de la cascada en tu corazón
Bajo los cielos Estratagema y la Ceiba madre de espinas
Qué fue de nosotros, ávidos de impulso, amantes de las corrientes del viento y de las aves
Contenidas en el aire; qué fue del espacio, de qué ha servido el espacio y qué más nos daba
Su estética, su fonética, su complacencia estreñida, conforme, ratonera
Y de qué nos sirvieron las mutaciones, la comprensión de las amplitudes, la psiconáutica, los rezos
Las caricias sexuales y nuestra fuerza: todo nuestro impulso, cariño, una fuerza indescriptible
Colosal, imparable, inenarrable, incendiaria; un estallido galáctico, de proporciones magníficas
Y qué más daba mentirnos: yo te quiero, te quiero siempre, desde siempre te quiero
O ser honestos, claros, transparentes: ya no te quiero, te quise, aprendí a quererte, qué más
Nos daba, corazón, reina de la selva, princesa gitana, qué más nos daba nuestro desborde
Nuestro repunte, nuestro desquiciamiento, esa trizadura

Y qué más daba la flama, esa pequeña flama, si de nada ha servido tu canto, suave sirena
Si de nada ha servido tu grito, ni tu extravío; si de nada ha servido la estela, ni las bifurcaciones
Ni los elementos, ni los libros más sabios, ni los complejos, ni la comprensión de las dimensiones, o
Su estimación; si de nada ha servido la muerte –eternamente reinterpretada–, ni los códigos
Postales: 28 00 4, 28 00 5, 0 17 10, 06 700, 10200; ni lo sórdido, ni la resaca, ni el cuarto sol
Qué más nos daba si todo permanece en el borde, en el quicio de este mirador retorcido
Y en la sangre
Y en tus ojos olivos
Y en la noche planta salvaje
Qué más nos daba lo que yo dijera
Si al final todo se pierde (nada sabemos); la vida se escapa, fluyendo, por un manto subterráneo
Si al final da todo lo mismo, porque todo se pierde, cariño, por entre las cuevas desconocidas, en
Cientos de miles de bocas abiertas, morena, qué más daba que nos perdiésemos, que nos
Odiáramos, que el universo se anulara a sí mismo y sólo quedara nuestro feroz aullido, nuestro
Amor abismo, vórtice revuelto
Y sólo quedásemos nosotros solos, enloquecidos, olvidándonos poco a poco
Y nada cobrase sentido
Nada de lo que hicimos, qué más daban las vueltas
Nada del sentimiento, ni de lo dicho, ni de lo roto, qué más daban las vueltas

Y qué más la dialéctica, la furia dentro, la bestia, qué más daba
Que las hileras de olivos fueran líneas perfectas, allá en el sur, y la cosmética, la arquitectura
Idolatrada por las hordas de artistas plásticos que hemos ido conociendo en los bares y
Qué más daba la fiebre, el estudio y posterior cuestionamiento del romanticismo, la hermenéutica
El silencio sobrevalorado y la repetición, qué más daba nuestra gastronomía nacionalista, cariño
Qué más si abandonamos a los dioses y
Ahora nuestra ropa cuelga de una soga improvisada en el balcón bajo el ficus, nuestro bello ficus
Que abraza a este edificio que tiembla a la mínima, como algo gelatinoso, un pabilo, o una
Membrana repulsiva; un algo que no se mantiene en pie como nosotros, eternamente muertos
Oscuros, interrumpidos



19 noviembre 2009

La desgarradura cósmica que has dejado (o los hombres somos traidores)


La desgarradura cósmica que has dejado, demonio lindo (mi enredadera), sobre mi espalda; la difracción de la luz en mis ojos, que ahora giran, mirando cómo te disgregas, cómo te desplazas a toda velocidad por la selva, entre varapalos, demonio lindo; ignorado por aquellos hombres cuyas vidas no escalan, en absoluto, sobre los escalones del viaje; por aquellos incrédulos que desoyen los asaltos auditivos –bellísimos– de la soga de muertos; esta desgarradura marca, mordida hechizo de poderes telepáticos que me has dejado, no ha servido de nada, querido. Hicimos de todo para alarmarlos, o redirigirlos, pero de nada ha servido. La humanidad ya no teme; ni se descoloca, ni tiene interés en abrirse las puertas (infinitas) que ha mantenido celosamente atrancadas. He levantado los brazos convertido en pantera, alejado de todo, por entre los pasillos profundos, entre los ríos de las muertas, bajo los mares abismo. He querido decirte que es demasiado tarde –desde el principio– para contrarrestar estas construcciones, injustificables, donde nos hemos guarecido (sombras sin magia) desde la edad antigua. Que es demasiado tarde para darnos la vuelta, querido, una vez que el risco se acerca, luego de tanto tiempo, tomando en cuenta que el pulso de Tánatos –ese pellizco doloroso (y de tan doloroso orgásmico)– nos tiene agarrados (especialmente a nosotros: apátridas, desarraigados) con todas sus fuerzas por los huevos, demonio lindo. ¿Adónde nos lleva que me seduzcas, con esas piernas?

He querido decirte, mi agua de noche, que caminamos felices sobre tus huesos, sobre los huesos de todos los dioses y de todos los muertos. Que bailamos sumergidos en un éxtasis sin sentido (tornado laberinto). Que bailamos, colocados y sin descanso, sobre las cruces de Cristo y las espadas de Damocles. Sobre los úteros extirpados de nuestras madres y sobre los cráteres volcánicos. Porque nos da lo mismo. Porque da igual que un demonio se azote contra los cristales del templo: no tememos a nadie, ni a la muerte, ni a todos los demonios aliados, ni a los castigos infames –cada vez más terribles–de los nueve anillos del infierno. Bailamos sin descanso, hipnotizados, espléndidos hacia el risco, hacia la barranca, la hoguera, el pozo de sueños, o de pesadillas; hacia el punto lejano –una mariposa monarca–, hacia la Otra orilla, digamos, directos hacia el final del bosque, hacia la Noche, hacia una lámpara desvencijada, inservible. Bailamos en medio del fuego, nos hemos convertido en fuego, desde hace tanto, demonio lindo, qué para qué explicar. Bailamos, y eso es lo más importante, para invocar al abismo (mares preciosos); para ser conscientes de que todo es desplazamiento, si bien mecánico; para declararle la guerra a la estática, perrillo del mal que no sabes: tan inocente: con esos ojitos decepcionados. ¿Creías que los hombres seguiríamos siendo los mismos?

Ahora bailamos al son de los gritos, querido, no me llames cínico ¿quién te has creído que eres?

Bailamos porque nos apena la cosa, porque somos uno con el fuego, porque somos fuego; aunque microscópico, aunque insuficiente para calentar esta tierra gélida, o insípida, dependiendo del cristal con que se mire (los hombres somos traidores). Bailamos entre las plantas, somos los guardianes de los árboles y las montañas; los señores de la noche y de la niebla; los líderes indiscutidos, anticipados, de la oscuridad. Bailamos cantando, saltando. Bailamos en nombre de los terremotos y de nuestros animales símbolo. En nombre de nuestros animales música. Bailamos en plena tormenta (de agua y de arena). Bailamos entusiastas, extasiados, hacia la sima. Bailamos, demonio lindo, porque hemos sido devorados por el miedo: somos el miedo. En el fondo siempre hemos pertenecido al abismo, hemos sido el abismo, o una metáfora del abismo. Bailamos al ritmo del tigre, dulce demonio, al ritmo de la ballena y del simio: colgados de todas las ramas, que como redes nos llevan al Otro lado, o como suele decirse: al lado mágico, donde los recuerdos se subrayan y los jaguares nos guían decididos hacia la ayahuasca. Bailamos todos juntos (en esta casa), relamiéndonos los bigotes, acariciándonos las puntas, los bordes, las esquinas sombreadas. Bailamos arrebolados, confusos. Bailamos inmateriales. Bailamos corriendo, buscando. Bailamos muy quietos (escuchando el aullido). Bailamos como máquinas sexuales. Bailamos callados. Bailamos en Asia, en el norte de Alaska, en un barrio demodé en Nueva York. Bailamos sobre todo en Berlín y en Barcelona; a veces bailamos en Londres, en Chiapas, en Bolivia. Bailamos por las noches en Manchester y ya entrada la madrugada en Madrid. Bailamos sin detenernos, como los suidos. Bailamos emancipados de todos los reinos. Bailamos al unísono, en el silencio. Bailamos en el desierto. Bailamos al borde, en el límite. Bailamos en la noche perpetua y en el resplandor. Bailamos en el infierno a diario, pero bailamos: rodeados, perseguidos, cansados, pero bailamos. Bailamos adentro. Muy adentro. Inalcanzables.
Es demasiado tarde, mi enredadera, escalera del espíritu. ¿Adónde nos lleva que me seduzcas? ¿De qué me sirve tu buena estrella?

06 noviembre 2009

Me desperté mirando el archipiélago


Me desperté mirando el archipiélago en el que se había convertido este continente. La imagen se quedó grabada en mi retina: cientos de islas separadas, caóticamente dispuestas, como evidencia de la matanza en que se convirtió finalmente el sueño. La lluvia comenzó en octubre; y trajo con ella un cúmulo idiota; una progresión de cinismo injustificado. Pero no por injustificado reversible. Comenzó en octubre y trajo consigo una suerte de anatema; un desfile de ventanas cuadradas; una batería de murciélagos enloquecidos, una estalagmita ascendente, tus dedos chuecos. Me desperté recordando perfectamente tu rostro, las pequeñas arrugas que enmarcan tus ojos. ¿De qué color han sido tus ojos (todo este tiempo)? De este continente no quedaba nada ni el tacto –de súbito– de tus brazos (ni del río de los brazos de dios).

Me desperté mirando el archipiélago en que se había convertido este continente. Se me quedó grabado entre las pestañas, mientras la luz se difractaba y borraba las islas; las múltiples islas, a las que nuestra masa –ese continente negro– se había reducido: reducido: como racimo de hongos pajarito, como hemangioma cavernoso, como gnomos miniatura triturándote la psique, cariño, ¿de qué color han sido tus ojos?

Desperté tras haber revertido la rabia, trasegado la furia: tus dedos torcidos, tan sibaritas. Desperté tras haber dormitado tres horas, las justas, para devolverte a mis ojos; tras haberte dejado no recuerdo en qué esquina gélida, inenarrable (y por tanto falsa) de mi pasado mitológico: verdad de verdades: el Paraíso. Subimos a la punta del cerro, donde quemaron al niño, origen del cosmos. Pisamos la hierba, el sargazo, la zarza. El universo giraba dentro (geografía de la mente); una puerta, seguida por otra y luego por otra. La lluvia comenzó en octubre y con ella los días se tiñeron de un insoportable cinismo. Te dije: mira la palma, la pulsación energética, no es otra cosa que el fondo, jamás develado, del mar. Es decir yo mismo: sargazo, aguamala, cnidaria ctónica. Te dije: todos somos hijos de la tierra y ella nos regala este pulso; la falta de identidad, la ausencia de la categoría del tiempo, del espacio, de los vínculos sagrados… Vimos despedazarse los volcanes; los ríos de venados y grullas, cariño ¿de qué color han sido tus ojos (todo este tiempo)?

La lluvia comenzó en octubre y por su culpa nuestro avión aterrizó en Asia, cuando en realidad nos encontrábamos a punto de llegar a la selva. Tus dedos torcidos, tu útero suave. A punto de llegar a la región amazónica del Ecuador. En una barca. Cantando una barcarola. Pero la lluvia –orgasmo sostenido– nos obligo a aterrizar en el aeropuerto Changi, en la Ciudad-Estado de Singapur al tiempo que nos adentrábamos, perplejos, entre las aguas del río Napo, acompañados del hermano fuego, señor de los wirrárika: culpable de la destrucción de los volcanes y, por ende, de la ciudad. Te dije: no te preocupes, cariño, en este sitio ya no reinan los bosques. Esto es muy fácil, ya verás. He sabido hacerlo desde niño, mírame directo a los ojos y así lo hiciste; para transformarte o mutar en mí. Y así, uno frente al otro (mi Sosias), como cuando niños, mirándonos al espejo imitamos nuestros movimientos, pero no los físicos, sino los internos: aprendimos a imitar cada intención, cada mirada, cada fuga. Recorrimos las calles de Estocolmo, de Malmö, de la antigua Singapura; caminamos por la calzada de muertos, en Teotihuacán. Todo roto. Todo falso. Archipiélago evidencia de lo que fue este cuerpo, ahora destazado. Grabado en el ojo, cariño, hasta que dijiste ya basta y preguntaste: ¿Esto comenzó con la lluvia? ¿O todo comenzó en China, cuando Pilar no pudo reconocerse a sí misma frente al espejo?

Pero cariño, te dije, es imposible que tú conozcas a Pilar…