19 enero 2012

no sabía por dónde empezar tantas cosas tanto tiempo estoy bien


 
a la velocidad del descenso cruzaré el cosmos
seré un rayo
             seré fugaz
                                           seré un volador chileno

   no dejaré mensaje alguno en la tierra

     no habrá palabras precisas
              ni horizontes
                       ni forma 

                                                                       (de capturar en su justa belleza 
                                                                                                       
                     

                                                                                                                        

                                                                                                                                               la angustia)








Imagen: Mi parte del mar, de Mallinali Rubalcaba.

11 enero 2012

una especie de marea interminable (o en este apartado del mundo sólo hay francesas fumando gitanes)


no recuerdo todas las películas que me mostraste 
no me acuerdo de los nombres de los directores 
ni de los intérpretes 
casi nunca me acuerdo de nada 
pero me quedo con las ideas 
con las heridas
un tailandés fumando en la selva 
italianas chulísimas
fellini 
con escribir apichatpong weerasethakul correctamente
y presumir que sé dos cosas de teoría que me enseñaste 
no me acuerdo de los nombres ni de los guionistas 
ni de por qué aquella era más valiosa que la otra 
pero sí de las nociones 
de fassbinder 
de los héroes 
del drama
de las francesas fumando gitanes
de la liberación sexual en el uk
del cuento de cortázar 
del andamio 
del polvo en los westerns 
por así llamarlos 
mexicanos 
me quedo con los actores no profesionales 
es decir
:
con lo verdadero
me quedo contigo mirando
con las pantallas 
con el movimiento del mundo 
una especie de marea interminable
así
en abstracto
con la vez que dijiste que te gustaba
por mi cinética 
joder 
pensé 
en hipopótamos se cocieron en sus tanques 
y que qué raro 
que te pareciera lindo o atractivo o hermoso
mi movimiento

yo que pierdo el equilibrio cuando arrecian las olas 

es curioso 
el otro día en el metro o en algún transporte público me quedé absorto 
como quien se frena ante la línea más poderosa del párrafo
y no regresa jamás a casa

es curioso
ahora me siento más cerca
como si al borrarse mis recuerdos
la inundación inevitable
me arrastrase de nuevo
torpe
e inexplicablemente hacia ti







Imagen: la actriz Anna Karina en un fotograma de la película Vivre Sa Vie (1962), de Jean-Luc Godard.

09 enero 2012

es curioso no debería reflejarme y sin embargo no hay nadie para abrirte la puerta


es curioso ahora me siento más cerca
ahora no sé exactamente qué siento
mira no siento
¡!
es curioso ahora no sé cómo quiero sentirme
ahora mismo no hay nadie aquí dentro para abrirte la puerta
es curioso mientras se borran los detalles de la máquina visualizo una perfección que quizá sea mentira
ahora mismo me ato al reborde
no es cierto no me ato a nada
seré mi ejecución propia
mira es fantástico dejarse llevar por la fuerza metafísica o mágica del azar
ese derrumbamiento
es curioso ahora vislumbro que voy a vencer en el juego
me parece que atisbo el futuro
seré la cuestarriba el descarrilamiento la brega
es curioso ahora que lo pienso no hay otra cosa que una especie de venado unido al torso de un hombre
un sistema de lunares entrelazados que es a su vez una infinita red de mares consecutivos
taimados mares que a la mínima se tornan salvajes y bufan
no es burla es destino
no hay otra cosa que un animal irreconocible en avanzado estado de descomposición
eso y la belleza absoluta
es curioso no hay otra cosa que la mitad bestia que nos cabalga
la dirección es irrelevante
lo importante es desprender(se) el ancla
es decir
desfond(e)arse


16 diciembre 2011

intenté acordarme de sus bailes en el centro de la pista y descubrí con horror que aquella perfección se había borrado por completo de la máquina





laguna vertical de nadie
cuaderno de rectángulos agudos
de la sombra somos el desierto
descrito por hileras infinitas
 
lo malo son las paredes
de la sombra ya no tengo claro dónde estaba
yo es que con el paso de los años
me conozco progresivamente menos

cuaderno de rabia
laguna selva de rectángulos
infinitas paredes de nadie
hileras inconmensurables de mis trampas

de las palabras ya no tengo claro dónde estaba
yo es que con el paso de las sombras me anochezco
pasan los años y no pasan
fantasma vertical de nadie

cuaderno plagado de relámpagos
de la rabia somos infinitos
yo es que con el paso del desierto ya no estaba
iridiscencia pasajera sobre el monte
y un libro del lobo
antunes que en cierto párrafo canta
:
me apetece y no me apetece
quiero y no quiero
voy a ceder y me niego a ceder










Fotografía de Rafael Trapiello.

29 noviembre 2011

el arte no es para los dioses es del hombre




como un relámpago que resplandece y se graba momentánea y profundamente en la retina
y luego pasa de largo y se ausenta para siempre
se apaga
para siempre se pierde se oscurece se borra y los contornos
desaparecen y con ellos no queda otra cosa que la metáfora
de lo efímero es decir la certidumbre de la impermanencia
de la sombra el trazo fugazmente iluminado
de un camino
que se inunda en las aguas de quién sabe qué profundidades una suerte de préstamo
de noción de vistazo una sospecha
un vislumbrar un algo innombrable inasible transitorio un atisbo una caricia una boca
las babas la certeza de un espacio inhabitable
inconmensurablemente cruel por incierto
aunque  en modo alguno incierto
una especie de pinchazo en la carne que se disipa la neblina
en un árbol un hombre subido en un árbol
la voz de un gorila
despertar sin recuerdos del sueño lúcido
ahogarse
la atmósfera de este planeta arrancada de cuajo el litoral el límite el barranco
como un rayo que truena y que luego no deja nada ni una pista ni un rastro ni la conmoción
ahora no queremos nada todo ha sido una fata morgana
un espejismo un viento de esos que enloquecen si te expones demasiado ha sido
como si los dioses u otros seres semejantes nos hubieran convidado con un algo
que no alcanzamos a entender un flashazo y luego nos lo hubieran arrancado de los ojos
como si nos dijesen miren miserables sólo entenderán una parte un fragmento que no les servirá
de nada y ahora estuviésemos condenados a vagar por el desierto de una sensibilidad amputada
como ciegos
no
peor que ciegos como si no hubiera sido la atmósfera de este planeta sino el corazón lo que quitaron
como un fuego diminuto pero suficiente
una brasa fina
minúscula
dramática y después todo extinto
la pura ceniza un vislumbrar la gloria y después un cadáver un hombre
subido en un árbol
este continente calcinado la indolencia
yo ya no me conmuevo tampoco
un paladar inútil
como si en el ejercicio de habitar el bosque un demonio nos hubiera seducido
un hombre barco un hombre pájaro san cristóbal con la cara de un perro
como si ahora estuviésemos condenados a la antesala sólo a la antesala
y se nos hubiera negado el acceso a la boca
y ahora sólo anheláramos la boca esa boca iluminada un segundo por el estruendo y luego nada
ni la conmoción sólo el hambre el hombre en este inmenso valle apagado
como el relámpago que resplandece y se graba momentánea y profundamente en la retina
un infinito escarbar en la herida
la certidumbre de la impermanencia el torbellino
el lobo
el odio lento y permanente y razonado y luego nada
ni un rastro de la melodía visual
que en cierto modo columbramos
luego nada
la tragedia de hallar que hay un límite

17 noviembre 2011

Yo sólo quería embrutecerme en el flujo. Segunda parte.



Yo sólo quería embrutecerme en el flujo, observar todo cuanto fuera posible, tomar nota de todo cuanto pudiese, que me arrastrara la corriente de la masa con un mini de vino en la mano durante la fiesta de no sé qué santo; hallarme en la cresta del peligro, perseguir a la ballena mala, auxiliar al emperador Napoleón contra el entonces duque de Wellington y contra Blücher; embrutecerme al máximo como la vez que le grité a la poli que se fueran a la mierda, racistas, que me soltaran; como cuando conducíamos a toda velocidad y cerrábamos los ojos y soltábamos el volante; como ahora que suelto el manillar de la bicicleta justo cuando cruzo Paseo de la Reforma y –en una especie de regresión en el tiempo– de nuevo cierro los ojos; como la vez que íbamos en el único auto que tuve y le gritábamos cerdos a los polis de tránsito (una vez uno de ellos nos persiguió y por poco nos alcanza, enfurecido y obeso); como cuando en una de esas fiestas masivas de pueblo dijimos aquello de que nunca íbamos a volver a ser ni tan jóvenes ni tan sexys (la idea la sacamos de una caricatura, me parece; pero triunfó en sociedad y todos los que nos escucharon se alegraron mucho y casi podría jurar que empezaron a bailar con mayor intensidad); como la vez que Carlota se nos estaba desmayando luego de no sé cuánta cosa, embrutecerme como los grandes, de a campeón, como se dice; embrutecerme duro, quedarme duro, más duro de lo que ya de por sí, como en la canción del Estadio Azteca.

Yo sólo quería quedarme como trepanado, arrebatarme la rabia y hacer todo cuanto fuera posible por hacer como el señor del cuento (¿o era una novela basada en un hecho real, o sólo un hecho real?) que vivió frente a su casa por no sé cuántos años y nunca dijo nada y miraba a su familia y a su esposa, que procuraban superar su abandono, su ausencia, su desaparición, y luego de no sé cuántos años cruzó la calle y entró a su (antigua) casa y sólo dijo: he vuelto. 

Yo es que sólo estaba mirando a ver quién pasaba: cómo eran sus caras, sus pasos, su cinética, su vestimenta, sus gestos, si llevaban o no llevaban bien recortadas las uñas, si iban peinados de  manera tradicional o moderna, o si nada de esas cuestiones mundanas les interesaban (a los sujetos x, se entiende) en absoluto, si tenían cara de algo, o mejor: si no tenían cara de nada. Yo es que sólo estaba allí parado esperando a que pasaras y pasaste como un relámpago furioso y luego fue como si todo se hubiera ido a la mierda, como los pueblos en Japón tras el terremoto y su posterior tsunami (sigo sin acordarme del nombre en japonés de los remolinos que se forman en los mares y que tiene una fonética chulísima); como si tras el desastre todo se hubiera convertido en los pueblos abandonados de México, o más precisamente: de Michoacán, con sus vías de tren abandonadas, inútiles, como cicatrices hipertróficas esparcidas sobre el tejido; con sus muros sucios de un polvo amarillento y sus calles despavimentadas y semi inundadas y semihundidas, con su silencio y una música absurda (violines desafinados, tamboras) al fondo, como fuera de este mundo, como arrasadas por la tragedia y dejadas en mitad de su proceso destructivo.
No ya en serio sólo estaba acá parado mirando, sin pensar demasiado, como si hubiera vuelto de otra vida, o de otro planeta, o de la muerte o algo que guardaba un parecido considerable con la muerte, y no era mi intención quebrarte (ya quisiera yo quebrarte), y no había elucubrado nada, ni venganzas, ni conspiraciones, ni nada que no fuese la estática. Allí estaba parado sin hacer nada y sin esperar nada, de nadie, nada de nada; no había motivos, o si los había en ese momento estaban bajo una capa de sosiego, si cabe; a la vista desde una perspectiva panorámica, una confusión en cámara lenta, una quietud alarmante, sí, pero quietud al fin y al cabo. 

 
Pero basta de hablar de mí, lo importante era la reconfiguración de los diccionarios, la inacción como núcleo, la contemplación contestataria, acudir a las inauguraciones del barrio de moda, el espionaje obsesivo, decir cosas por el gusto de decirlas, o callarlas, rellenar los huecos, el abismo, equilibrar los desajustes, vigilar los litorales, provocar cosas, decir cosas (se dicen cosas), leer sobre los pueblos indígenas de Chile, del Perú, sobre los nómadas de la Argentina, sobre los nómadas que somos en el fondo, sobre los nómadas en general; las últimas versiones de Goethe en castellano, la poesía rusa del XIX y del XX, la poesía portuguesa del XX, la próxima poesía, la muerte de la poesía, la intervención del espacio, el mercado del arte, las expectativas en general y sobre todo: las expectativas del mercado bursátil: la caída de Grecia, de Portugal, de Italia, de España, de Haití, de Cuba, de Egipto, de Libia, de Wall Street, de la Plaza del Sol, de los destinos de sol y playa, el declive, el escape, la voluntad y el impulso del descenso (es el tuétano), las escaleras de Medellín 21, piso cuarto, la habitación pasada; el rescate financiero, la hiperactividad digital y el fin de la llamada industria musical, editorial, etcétera. Pero basta de hablar de mí y de mi colección de calaveras artesanales, lo importante era perseguirte por las carreteras, perseguirte por los mares, perseguirte por entre las multitudes, en los festivales, en los mercados, en las iglesias, en la sierra, en la cordillera, en las fracturas, en las cimas, en las bibliotecas, en los intermedios, en las erratas, etcétera.

Pero basta de hablar de mí y de las charlas con la bruja, que me dijo lo de desactivar las máscaras y lo de la naturaleza restitutiva del cosmos, aunque no lo dijo exactamente así, claro, soy yo que tiendo –además de al egocentrismo– a tergiversarlo todo, por el gusto, y en broma, pero también porque tengo una pésima memoria; pero basta, lo importante es el drama (en nuestro drama gitano acabamos cocidos a tiros), el no saber dónde ha quedado la salida, embrutecerse en el flujo, salir a la esquina a entorpecer el tránsito, la fuga, el proceso de restarse importancia (eso), el no llamarte nunca por teléfono, el drama, la búsqueda de la sustancia (¿qué sustancia?), la formación, la deformación, la transformación. Pero basta. Nada basta.

No ya en serio yo sólo quería llegar a tu sitio pero no sé dónde ni en qué momento la cosa se puso complicada, ya sabes, y sólo quería decirte una cosa, pero en este preciso momento no recuerdo ni el qué, sólo reconozco señales; recopilo información en los escampados, miro tu foto, miro tu foto, miro tu foto; estoy en el desierto de Erg Chebbi, en el Itacama, en Sonora (tengo un amigo que escribió un poema precioso que se llama Sonora), en Mazamitla, en Santa Mónica, en San Jerónimo, en la Roma, en la Latina, etcétera. Pero basta de ennumeraciones (todo es culpa de una amiga, que decía que le gustaban los relatos ennumerativos), lo importante es el Golem, el espejo despojado de reflejo, las historias que circulan por el mundo, los malos, los antihéroes, los canallas; lo importante es embrutecerse en el flujo y entorpecer el flujo; y decirte: el cosmos al final te hará encontrar tu sonido, tu sonido digno, tu compás, tu ritmo, tu cadencia, tu cinética, tu canto, tu danza, tu rezo, tu templo, tu espíritu, tu mito, tu clan, tu tragedia, tus animales sagrados, la chulería justa, la charlatanería justa, etcétera. Pero ya basta de este pais(aj)ito: este es mi cuaderno de purga, este es mi cuaderno de horarios en los que miro –con precisión suiza– tu carta de los astros; este es mi cuaderno de decirte que te quiero; este es mi cuaderno de cadáveres; este es mi cuaderno de verdugos, mi cuaderno de dibujar piscinas como el personaje de la López-Mills que enloqueció y que dibujaba piscinas en un cuaderno (Rúa Augusta); este es mi cuaderno en el que le preguntamos al anciano en la montaña chiapaneca hacia dónde estaba el pueblo que buscábamos y que –ignorando el trazo de la carretera– señaló hacia el horizonte y nos dijo: está hacia allá. El camino de regreso está hacia allá. Estaba hacia allá.


Este es mi cuaderno de romperlo todo, pero lo importante es el sexo, claro. No ya en serio yo sólo quería acostarme contigo, vulnerarme, acostarme contigo de nuevo, todo el tiempo, sin parar, sin descanso: el sexo duro: lo importante no estaba en la psique ni en el intelecto ni en el análisis historiográfico: siempre fue el sexo. Siempre fuiste el sexo. Este es mi cuaderno de aventuras y desventuras sexuales: aquí sale la vez de detrás del arbusto, la vez del balcón, la vez en el suelo de un baño público, la vez en el barco, la vez que no pasó nada y que fue una mierda, las veces frustrantes, las veces embrutecidas, digamos, las veces tediosas, las veces sublimes, la vez de las medias, la vez del dibujo, la primera que fue un despropósito, las veces del llanto, la vez del rugido, la competencia con los vecinos, las veces con alguien que no te gusta ni un pelo, con quien te encanta, el camino del sexo, la cacería,  la vez de los antifaces, el sexo accidente, el sexo hoguera, el sexo imaginario, la cabeza surcando quién sabe qué mares, los números, la pintura, el fracaso, los accidentes, el pánico, la venganza, etcétera. Lo importante son las historias que nos circulan, la naturaleza restitutiva del cosmos, el aprendizaje, la muerte en vida, la reencarnación en uno mismo, los placeres, todos los placeres, los vicios (allá aquellos que se los pierden), la cosecha de no sé cuánto, el arte, la jodienda, como dicen en el Caribe.

Basta del ruido: hallarás tu sonido digno, tu sonido madre, eso quería decirte. Quería decirte cosas (se dicen cosas), cosas lindas, cosas metafísicas, cosas magníficas. Que lo bonito es espectacular. Que hay un bosque que no es un bosque sino sólo un árbol que se ha esparcido quién sabe cómo y que parece un bosque entero y que sólo es él mismo, retorcido, enredado, sin límites. Que hay un bosque que también es un solo árbol que aprendió a clonarse y que todos los árboles son él mismo de alguna manera y que solito construyó un bosque entero, hecho de sí mismos, de sus hijos, de sus reflejos, o sus versiones, o sus deformaciones. Que hay un bosque en este cuaderno; que hay un cuaderno; que lo importante es invadir los territorios, los glaciares, los multifamiliares, las bodegas, los sótanos, la pleamar, los muelles, los recodos, los cercos, las barriadas, las salas, las boutiques, los papagayos, los avestruces suicidas, las agencias de mercenarios, los campos de fútbol, los delfinarios, los conciertos, las fotos secretas, los camerinos, las salas de espera, las pistas, las autopistas, las torres petroleras, los mols horrendos, el pasado (la infancia es un territorio ajeno, alejado, sangre en las manos, pero sobre todo sangre en las rodillas), los laboratorios, la Juárez, Lavapiés, Los Felis drive, Los Pinos, Barranca del Muerto, Valdecarros, el resto del mundo nos da lo mismo, lo importante es el pálpito, el relámpago y la subsiguiente quemazón.









La primera imagen fue tomada en el Museo del objeto del objeto, México, 2011.
La segunda es justo afuera de la Hostería la Bota en la calle San Jerónimo 40.
La tercera imagen es de Joy Laville


08 noviembre 2011

Yo sólo quería embrutecerme en el flujo


 Los altibajos, o mejor dicho: el balance, el drama, la fatiga espiritual mientras caminas por las calles improvisadas, con las manos sudorosas como señal inequívoca de que en medio de esta parsimonia, o suspicaz calma, algo no va bien, quizá, en el plano interior, pongamos, son las mejores pistas, las señales del dios encabritado, la prueba de que a pesar de todo cuanto hayas pensado, o planeado, o esbozado, la cosa tiende a desmoronarse; pero no como castigo kármico, sino al contrario, es la prueba de que hay cierta naturaleza restitutiva, o ciclo, y de que en el cosmos las unidades se equilibran, y sobre todo, de que nada podrá nunca reducirte, transfigurarte en número, o concepto plano, o yermo infértil, o equívoco simple, porque nada acá nada podrá reducirte nunca a un simple destino unidireccional.

Quiero decir: el impasse es un regalo, y el descenso no es un prueba (eso sería demasiado fácil). El descenso es el tuétano. El laberinto es la carne. Y el hambre. Los altibajos son los aviones, y las autopistas; y la línea de lámparas callejeras, o farolas, que se lee más lindo, unas iluminadas, otras fundidas como exiliadas por decisión propia, unas desapareciendo, escapando, o estallando, quién sabe. 

Yo es que te dije con la mejor de las intenciones que lo importante es el salto, que nosotros somos el salto y que somos las ventanas del mundo. Las ventanas son nuestro lugar en el mundo. Pero nunca tuve la intención de quebrarte (ya me gustaría a mí quebrarte), yo como dice la canción sólo quería morder la copa de vino como un loco y pedir más vino y explicarle al camarero que descuidara, que sólo quería arrancarme la boca, o los besos que ha recibido esta boca, no recuerdo exactamente cómo iba, o a qué iba.


 Yo sólo estaba aquí parado, confuso, para ver si estorbaba, para ser partícipe del tránsito, de la multiplicación de choques en el espaciotiempo, para ver si me involucraba en algo, aunque fuera pararme en  la esquina más transitada y embrutecer el flujo. Yo sólo quería embrutecer el flujo y embrutecerme en el flujo, como todos. O porque no tenía nada interesante qué decir, ni nada trascendental qué explicar, porque en ese punto no había nada trascendentalizable, digamos. 

Yo quería pasear en el parque y a la vez yo era el parque, el pulmón, el impulso, pero sobre todo el espía. Quería acercarme y te seguí unas cuantas manzanas sin que me vieras me aseguré de que fuera imposible que me percibierasy te vi subir al autobús y me subí al autobús a escondidas. Me senté en un asiento estratégico y te vi sonriendo cuando en la curva la inercia te empujó hacia la ventana. El asiento te quedaba demasiado grande y resbalaste de izquierda a derecha como resbalan los niños, por una cuestión de peso, y sonreí contigo, sin que me vieras (me aseguré de haberme emborronado). Te bajaste en cierta parada. Pude haberme quedado abordo del autobús, y quizá lo hice, no puedo estar seguro. Recuerdo que te vi metiéndote a un edificio de estética demasiado simple, de esa que se relaciona ahora con el comunismo; que me quedé en el jardín que habitaba en la entrada; que imaginé que las plantas un día tomarían de nuevo los territorios del hombre, quién sabe; que conquistarían de nuevo la tierra comenzando por el norte. Mi intención era destruir los manuales, sólo. Hacerlo de nuevo sin intrucciones, es decir: repitiéndolo correctamente.  Hagámoslo de nuevo sin instrucciones. Hagámoslo bien esta vez, etcétera.

Yo sólo quería embrutecerme, como todos. Hacer lo que nunca había hecho. El anulamiento, la catástrofe. Hallarle un algo a la cosa, como decía el hispanouruguayo, cuando se ponía en plan didáctico. Echarme en el sofá de la sala y cepillarme la bibloteca entera, y hacerlo, de verdad hacerlo. Encerrarme en no sé qué sitio. Y andaba por allá confuso, y en no tengo claro qué momento fue como si te atrajera una fuerza centrípeta, y allá andábamos varios. Charlábamos de Cendrars, de Victor Hugo, de Castaneda, de Derrida, de Salvador Allende, de Hugo Sánchez, de la NASA, del Bulli de Ferrán Adriá, de los gitanos, de los dichos populares, de la serie Fibonacci, de la Unión Europea, del bicing de Barcelona, del nuevo Papa, de la movida en San Francisco, en Tijuana, en Santiago de Chile, de las llamadas baywindows, del desierto de Sonora y por ende de Roberto Bolaño, claro, de Mario Santiago Papasquiaro, de los poemas de Daniela Camacho escritos desde Tokio, de los aviones modernos, o posmodernos, que ahora quieren construir sin ventanas para ahorrar combustible, de Pessoa, de Berlusconi, de la novia de Sarkozy, de la lamejtable muerte de Michael Jackson y de dónde estábamos cuando sucedio (yo viajaba en coche de Madrid a la Comunidad Valenciana y nos enteramos al parar por gasolina y ver los periódicos), del pop boliviano, del cáncer de Chávez, de Baudrillard, de Alaska y los Dinarama, de los muros verdes, de las Méridas y las Córdobas, de la comida orgánica, del precipicio, del sistema de castas en India, de los huicholes, de los purépechas, de los incas, de los berber, de que a los bares en Los Ángeles ahora no les ponen nombre, de Orozco, de los plastiquetes con que cubren las fachadas de los edificios para que luzcan más modernos, del agua embotellada, de la tecnología, de los aluxes y otros duendes, de la poética de lo inacabado, o peor: de lo inabordable. Éramos los que llegábamos con cara de muertos. 


 Yo sólo quería estorbarle a la gente, callarme la boca, aliviar la culpa, digamos. Y nos embrutecíamos hasta las mil y probábamos de todo: acostarnos con todos, en la misma casa, y nos salieron algunos tiros por donde no esperábamos, y, además, siempre perdía el Atleti. Descubrimos la naturaleza del desencanto, o algo parecido, y que eso no se relacionaba en absoluto con la inacción, sino con los poemas de Panero, o con la danza, o con el techno, o con la psiconáutica. No recuerdo con claridad. O puede que haya visto la cosa con tal claridad que como escribe László Krasznahorkai en Melancolía de la Resistencia (llevada en parte al cine por Bela Tarr, en Armonías de Werckmeister) era casi como si hubiera enloquecido. Y en efecto, era casi como si hubiésemos enloquecido todos. Y lo hablábamos en la azotea de Diego sobre la Cibeles mexicana, que si el desasosiego es en el fondo el impulso, que si la debacle es en el fondo la salida, que como decía Rimbaud cierta destrucción es necesaria. 

¿Y si hubiera fórmulas matématicas para descifrar misiones del tipo No sé lo que quiero pero me parece que me acercaré a ti o yo qué sé? 

¿Y si fuésemos como la luna y todo, absolutamente todo, se quedara para siempre grabado en nuestra superficie? 

Yo sólo estaba quieto, mirando lo que pasaba, y te decía lo de los altibajos, quizá, querida, son para bien, o quién sabe. Yo qué sé. Ojalá fuéramos los yonquis del metro, o los vagabundos de la Roma, para siempre libres, sin tener que pagar los créditos, ni las rentas, ni todas esas cuestiones inabordables, carentes de toda gracia. Ojalá pudiéramos prescindir de nuestras opiniones. El balance, el drama, la fatiga espiritual, son en efecto sólo una especie de referencialidad o correspondencia de la contraparte, de la contracara, de aquello que queda (sea lo que sea) detrás de la(s) máscara(s). El descenso es el tuétano. Y al azar hallarás la salida. Etcétera. 

No ya en serio yo sólo quería desabotonarte la blusa y empujarte de nuevo contra la pared de mis escaleras y cancelar el mundo. Eso era lo que buscábamos: cancelar el mundo, sabernos parte del cosmos y sentir ese pálpito de luz o el relámpago en la boca, el eco de la vida, digamos, el paso, el tránsito, el aliento y hacer un sonido digno. 


 No ya en serio sólo un sonido digno y subir a la montaña donde el dios venado ayudó al niño sol a ascender a los cielos para iluminarnos la tierra y regalarnos en alma al designio del niño sol y hacer un sonido tributo, un sonido digno, un altar. Hacer de nuestra vida un altar para el cosmos, un canto, una nota, una carta, lo que fuera. Eso era lo que buscábamos. Surfear los altibajos, surfear sobre el eje zeta, y, como dice la canción, volver como el surf, haciéndonos los valerosos. Salir de caza y pintarnos las caras. Salir de casa para no volver y averiguar en qué consiste la nostofobia, o al menos la (in)certidumbre Queríamos evitar la indolencia como fuera posible, conmovernos, algo. En cambio inhalamos cuanto pudimos y nunca nos aprendimos los nombres de las estrellas y te perseguimos más de una vez sin que nos vieras. Casi podríamos decir que aprendimos a hacernos los invisibles, los fantasmáticos. Salir de caza a los bosques y a pulir las piedras del monte. Salir de la carcasa en el sentido exoesqueleto y también en el sentido bomba. Tirar la puerta no sin antes asegurarnos de tenerla bien cerrada para poder arremeter en su contra con todo. Salir de caza a por los premios. Salir de casa a por los premios. Las chicas. Salir en búsqueda del infinito y salir sin motivos. Queríamos salir a toda costa y recorrer todas la orillas que pudiéramos, los páramos, los pedregales, los desiertos, los bosques de alta montaña, los altiplanos, las cordilleras, las selvas, los ríos entubados y los abiertos, los pueblecillos, las zonas rurales, las fronteras, la estepa, los hielos, los pavimentos, los parques, los subterráneos, los interurbanos, los nocturnos, los camiones de carga, las mulas, los burros, las autopistas, las vías rápidas, los pasos a desnivel, los cruces peatonales, los monasterios del XVI y del XVII, los caminos reales, los caminos indígenas, las reservas, los suburbios, los barrios de ricos, los estadios, las plazas públicas, los edificios municipales, las horcas, los palacios y palacetes, las laderas, los montes, las llanuras, las hondonadas, las barrancas, los no lugares (si existiesen), los parlamentos, las buhardillas, los rincones secretos, los laberintos, las casas de huéspedes, las casas de seguridad, las granjas, las fábricas, los intersticios, o intervalos, los ritmos, los balcones, los palcos, las azoteas, las terrazas, los andenes, etcétera.








Primera imagen de Ernesto Caivano.
Segunda imagen de Nicholas Haggard.
Tercera imagen de Paul Octavius.

25 octubre 2011

no todos los caminos te llevan a la salida más próxima






no al ancla
no a la orilla
no a la tumba del marinero
arrebolarse
no a la cornisa
no al norte
a dónde huir
(do fuir)
relámpago
no al juicio
no al nudo
puro vértigo
no a la ceniza
no a la página de respuestas
puro mar insondable
no a la certeza
no tierra firme
desfondarse
no desvirtuar el hallazgo
no todo lo que brilla es fuego
no todo los caminos te llevan a la salida más próxima
ni todo tiene una carga simbólica
no eres tu isla
no a la forma
puros lobos
no al ancla
no hay asidero
no hay dónde hallarse
ni a dónde huir




Imagen de Nuria Cubas. Fotograma del vídeo "Ana en la piscina", 2011.

20 octubre 2011

si ud. quiere leer la novela sáltese el siguiente verso




Para Denise y Diego


“How had this happened? Everyone in the world knew more than us, about everything, and this I hated then found hugely comforting.” 

DAVE EGGERS
You shall know our velocity




ya es que no he tenido mucho qué decir y he preferido correr a la velocidad del interurbano
he decidido hacer como los indígenas chilenos que describe el eggers en su libro
habréis de conocer nuestra velocidad
una tribu o población que vivía en los andes y que espiritualmente eran montañas y que estaban
locamente enamorados de los pájaros y que a toda costa querían aprender la magia de los pájaros
y elevar así sus montañas interiores y corrían y se arrojaban de los montes
y perdieron de este modo cientos y cientos de habitantes o perseguidores del viento o lo que fuesen
generaciones enteras se aventaron por el risco o farallón o cima o de donde hubiera altura suficiente
y miraban a los pájaros y los estudiaban y pensaban que el secreto estaba en su alimentación
(nunca prestaron demasiada atención a las alas)
y entonces se alimentaron como pájaros para probar a ver si así volaban
y después pensaron que los pájaros tragaban aire mientras volaban e intentaron tragar aire
y devoraron el viento y fueron los devoradores del viento y corrieron y se arrojaron matándose
una y otra vez matándose pero sin darse nunca por vencidos y justo cuando llegaron los españoles
a quienes el eggers llama conquistadors
justo cuando llegaron y los llamaron los hombres que saltan y éstos devoradores del viento se replegaron
ya para entonces
conscientes de que los dioses no los obsequiarían fácilmente con el don de las aves
se dedicaban a ir a todos los sitios corriendo y corrían sin detenerse
aquel era su vuelo su velocidad su poder y su montaña desplazándose sobre la tierra
y llegaron los conquistadors y los rodearon y éstos supieron que no tenían posibilidades
imagino que corrían para avisarse que corrían pensando que corrían alarmados
o quizá no se alarmaron en absoluto acostumbrados como estaban a la muerte y al desierto y a los andes
suponiendo que el desierto y los andes se entrecrucen claro
imagino que corrían a toda la velocidad que fuese humanamente posible o quizá un poco más
tomando en cuenta que era su poder y su obsesión y lo que practicaron y perfeccionaron durante siglos
se avisaban mira allá vienen los conquistadors con sus armaduras y sus fuegos y sus piernas de venado
mira cómo se acercan quieren la montaña quieren las rocas pero nunca les daremos la montaña interior
y justo cuando los conquistadors llegaron al pueblo o al terruño o lo que fuese
ya no hallaron a los hombres que eran montañas que volaban y que devoraban al viento
no había nada era como si hubieran desaparecido
como si
los conquistadors no lo sabían
se hubieran arrojado al unísno al barranco como en una especie de ritual en el que hubieran escapado
al otro mundo
pero no
los devoradores del viento los chilenos o prechilenos
habían corrido se fugaron se dispersaron para siempre y nunca nadie más supo hacia dónde
y se borraron de este mundo y al final hiceron como el viento mágico como los pájaros y fueron
los mejores nómadas los undercover los que se escondieron entre la gente o que corrieron más allá
de lo imaginable
o que volaron
finalmente
o que se convirtieron o se transformaron en montañas en los andes en los montes
y se confudieron con el horizonte y sólo dejaron un mensaje escrito en su montaña
escrito en su lengua originaria y que según la ficción del eggers
sólo llegó a nosotros traducido de su lengua originaria al castellano antiguo al inglés y ahora
de vuelta al castellano
por lo que es probable que su significado se aleje un poco del mensaje original que dejaron
a los conquistadors
y que dice
(si ud. quiere leer la novela sáltese el siguiente verso)
habréis de conocer nuestra velocidad
así que he decidido hacer como los prechilenos y alejarme y convertirme en el último de los nómadas
en el nómada perfecto la montaña portátil en un nuevo devorador de viento
y he corrido y me he alejado y he mirado al árbol cuyas raíces quiebran el trazo rectilíneo de la acera
he estado viendo al árbol torcido que a base de espirales cíclicamente ascendentes sobrepasa
las expectativas
he estado observando a los antihéroes
que son los verdaderos vencedores
y hacia el punto perdido del continente
y he pensado que me gustaría arrojarme de una cima
y ser el sueño en el que el automóvil se despeña y sus pasajeros caen al mar a la derecha
y flotan muertos y se elevan y uno de ellos vuela o es empujado por el viento hacia mí hasta despertarme
y he pensado
como también escribe el eggers en el mismo libro
que es posible que ahora mismo nos hallemos viviendo muchas realidades paralelas
y en que no estaría mal que mi poder fuera correr a toda la velocidad hasta esconderme o anularme
o entremezclarme con el horizonte
no estaría mal
y que es posible que ahora mismo estemos siendo la montaña y el nómada y la selva y el salvaje
el experto en finanzas el terrateniente el alienígena inimaginable la partícula la pluma del quetzal en la capa
del rey la cabra subida en la copa del árbol el mago el psiconauta el vividor el respiro
el ave el halcón comprado en el mercado de sonora y luego liberado en la ciudad más horrenda del mundo
el águila que vive en la oxtopulco universidad en uno de esos multifamiliares de ladrillo
o en la nápoles en uno de esos edificios de estructuras prefabricadas y varillas
el árbol mutilado por un jardinero ignorante
el escándalo de la bocina de un auto grande que transporta a un solo hijodeputa
el monte deformado por el viento en el atlas marroquí
la miopía del cazador de gorilas en algún rincón del áfrica
el terremoto de chile
o el haitiano
las casas japonesas en medio de un remolino de mar cuyo nombre en japonés es precioso y que he olvidado
y he pensado mucho en los trenes de alta velocidad y en los aviones y en los helicópteros libélula
en los vagones que cuentan con martillos rompeventanas protegidos a su vez por otra ventana de seguridad
y en los neutrinos que parece que alcanzan velocidades superiores a las de la luz y que por ello
ignoro obviamente los detalles
han puesto en entredicho la teoría de la relatividad como la conocemos
y en la física cuántica y el universo múltiple
que es el que permitiría que habitásemos en todos los sitios y en todos los momentos que han pasado
a la vez y que por ello quizá pondría en entredicho también la mortalidad o el paso del tiempo o las nociones geográficas
es decir las referencias
y en que entonces los libros del mundo tendrán razón
y todo es en realidad un algo incomprensible y por tanto inenarrable
y en que sería la incertidumbre la palabra reina
y en la belleza de la palabra multiverso
y de la palabra carácuaro
que significa lugar en la cuesta
un carácuaro para arrojarse al remolino de las realidades
los hombres que saltan
los que pasan por entre las multitudes sin tocarla ni ser tocados
corriendo corriendo
haré como los prechilenos y como método de ataque correré un poco más rápido
de lo humanamente posible
porque será mi técnica perfeccionada mi poder y mi aullido mi mensaje escrito en la montaña
habréis de conocer nuestra velocidad







La imagen se la robé a Lulú Melón Sandía (Lourdes Martínez). Pueden ver más cosas suyas aquí y aquí y aquí.
La lectura de You shall know our velocity, de Dave Eggers, se la debo a Guillermo Núñez Jáuregui, que me la recomendó.
Este poema es para Denise Gutiérrez y para Diego Ibarra, que son a su manera y sin lugar a dudas unos auténticos hombres que saltan devorando los vientos. 

19 octubre 2011

eso no puede ser un sol




                                            eso no puede ser un sol 
                                        debe ser un olvido
                                      es una llama galopando
                                        es el trance
                                          es el miedo
                                            y reculas
                                               retrocedes
                                            todo ha sido la vorágine
                                         ella avanza o flota
                                     cual fantasma
                                 o mejor
                             es una llama galopando
                        y a veces
                              una hidra
                                 a la que han cortado
                                   las cabezas

(debe ser un sol horrendo)
              
                     todo ha sido la vorágine
                        y el vórtice
                              y el humo
                                     puede ser la tambora
                                                             el latido
                                              el impulso vano
                                                la flor inasible
                                                  el puente efímero
                                                    el olvido en contra
                                                             el ego
                                                           el reflejo                                                                                                                                
                                              la mar en contra
                                              el relámpago instante
                                              la humareda
                                              para siempre humareda
                                                                   y la llama
                                                                               yo ya sé que estoy lejano
                                                                           yo ya sé que la ruleta
                                                                              no tiene símbolo
                                                                  sólo instante
                                                     el revólver de hierro
                                            y la ceniza
                                  y un sueño en el que galopamos junto a la manada de antílopes y bueyes sagrados
                         y un sueño en el que te arrincono en las escaleras del departamento antepasado
                    y otro sueño en el que el vórtice nos sale de la boca y nos hallamos sanos
                 y otro plano en que se suceden escaleras que no tienen final y nos perdemos
                                           y otro frío que se cuela por los túneles del subterráneo mexicano
                                                                      y una puerta al lagoacceso al reino de los muertos
                                                                          y un reloj en cuenta regresiva
                                                                              y una mesa coja
                                                                                
                                                                                  es una llama galopando
                                                                                     y a veces
                                                                                      una hidra
                                                                                        policéfala
                                                                                           hija de(l) tifón
                                                                                         
                                                                                                          
                                                                                
                                                                                
                                                                                                                                                                



                                                                                                                                                 
Imagen de una pieza de Daniela Libertad exhibida en la exposición 1, 2, volúmen en el Polyforum Siqueiros. Ciudad de México, 2011.