
Y qué más daba que tu código postal fuera el 28 00 4 y el mío el 28 00 5
Y qué más daba lo que yo dijera, la bestia guarecida, la herida, qué más daba
Y qué más daba todo: la hoguera, salir a gritos de la caverna, las garras, cariño, qué más daba
Qué fuimos, cómo nos descascaramos, flotamos a la deriva en un océano vasto y oscuro
Qué fuimos y cuándo; pedazos de yeso roto, de cemento agrietado, de hierro carcomido
Por el aire; templo sumergido en la selva, entre vísceras, polvo, gravilla suelta
Saltando al paso de los autos, la muerte, la página escrita, violentada, la bruma padre
Qué más daba, lo mórbido, el azúcar moreno en el suelo, el cobertor perfectamente colocado
Sobre la cama, cariño, tus uñas, tan escasamente pintadas, qué chingados más daba
Me pregunto, qué mierda más nos daba, que si las vacas, que si los pueblos
Bañados por los ríos con sus recodos y sus lianas y sus rápidos, qué chingados, cariño
Nos pinche daba, que si la semiótica, la estética, los farsantes, las pajas mentales, el
Estructuralismo, la forma, la estética del instante, de lo blando, de lo infame, de lo oscuro
De lo sucio, del silencio, del escándalo, de la fama, del suicidio, ya sea lento o precipitado
Y qué más daba (lo que yo dijera, lo que respondieses, lo que llegáramos a perder en el
Naufragio, en el despegue, en la erupción de nuestros cuerpos, el cataclismo de la psique) lo que
Nos rodeara, las coincidencias, los resquicios intocables –personalísimos, interiores–, las cenas, las
Calles oscuras de una ciudad descarriada, transformada en vertedero de espíritus y en manicomio
Y qué más daba nuestra novela, nuestra ridícula historia apasionada y ciega y pequeña
Nuestro desborde en este valle deforestado, la estética de lo fútil, la sangre
Que emana de tu sexo, nuestra mísera fertilidad y nuestros nombres , qué nombres, por dios
Tenemos, qué muletas, qué columnas dóricas, o corintias, luego del saqueo, del infame
Saqueo en que se ha convertido esta planicie terrosa y árida y solitaria
Y qué más daba que viviéramos uno en cada extremo del centro
Tú (arriba) en el norte y yo (abajo) en el sur
Y qué más daban nuestras nacionalidades, nuestros prejuicios, nuestras ideas juveniles del arte, de
La traición, del amor, del desamor, de lo salvaje, de lo pleno, de lo cósmico, de lo insuficiente, de
La fiebre, de la Náusea, de la Taberna, de los campos y las flores y las montañas, de tu duende, de
Los nahuales: animales símbolo, o animales canto, o animales viento
Y qué más daban los celos, qué más las aprehensiones, las catapultas y las hondas y los viajes
Y qué más daba la risa
Qué más los árboles, todos los árboles, ¿te acuerdas? Árboles y más árboles: árboles roca
Y árboles fuego
Qué ha sido de lo orgánico y de lo vivo, de lo espléndidamente vivo, de la cascada en tu corazón
Bajo los cielos Estratagema y la Ceiba madre de espinas
Qué fue de nosotros, ávidos de impulso, amantes de las corrientes del viento y de las aves
Contenidas en el aire; qué fue del espacio, de qué ha servido el espacio y qué más nos daba
Su estética, su fonética, su complacencia estreñida, conforme, ratonera
Y de qué nos sirvieron las mutaciones, la comprensión de las amplitudes, la psiconáutica, los rezos
Las caricias sexuales y nuestra fuerza: todo nuestro impulso, cariño, una fuerza indescriptible
Colosal, imparable, inenarrable, incendiaria; un estallido galáctico, de proporciones magníficas
Y qué más daba mentirnos: yo te quiero, te quiero siempre, desde siempre te quiero
O ser honestos, claros, transparentes: ya no te quiero, te quise, aprendí a quererte, qué más
Nos daba, corazón, reina de la selva, princesa gitana, qué más nos daba nuestro desborde
Nuestro repunte, nuestro desquiciamiento, esa trizadura
Y qué más daba la flama, esa pequeña flama, si de nada ha servido tu canto, suave sirena
Si de nada ha servido tu grito, ni tu extravío; si de nada ha servido la estela, ni las bifurcaciones
Ni los elementos, ni los libros más sabios, ni los complejos, ni la comprensión de las dimensiones, o
Su estimación; si de nada ha servido la muerte –eternamente reinterpretada–, ni los códigos
Postales: 28 00 4, 28 00 5, 0 17 10, 06 700, 10200; ni lo sórdido, ni la resaca, ni el cuarto sol
Qué más nos daba si todo permanece en el borde, en el quicio de este mirador retorcido
Y en la sangre
Y en tus ojos olivos
Y en la noche planta salvaje
Qué más nos daba lo que yo dijera
Si al final todo se pierde (nada sabemos); la vida se escapa, fluyendo, por un manto subterráneo
Si al final da todo lo mismo, porque todo se pierde, cariño, por entre las cuevas desconocidas, en
Cientos de miles de bocas abiertas, morena, qué más daba que nos perdiésemos, que nos
Odiáramos, que el universo se anulara a sí mismo y sólo quedara nuestro feroz aullido, nuestro
Amor abismo, vórtice revuelto
Y sólo quedásemos nosotros solos, enloquecidos, olvidándonos poco a poco
Y nada cobrase sentido
Nada de lo que hicimos, qué más daban las vueltas
Nada del sentimiento, ni de lo dicho, ni de lo roto, qué más daban las vueltas
Y qué más la dialéctica, la furia dentro, la bestia, qué más daba
Que las hileras de olivos fueran líneas perfectas, allá en el sur, y la cosmética, la arquitectura
Idolatrada por las hordas de artistas plásticos que hemos ido conociendo en los bares y
Qué más daba la fiebre, el estudio y posterior cuestionamiento del romanticismo, la hermenéutica
El silencio sobrevalorado y la repetición, qué más daba nuestra gastronomía nacionalista, cariño
Qué más si abandonamos a los dioses y
Ahora nuestra ropa cuelga de una soga improvisada en el balcón bajo el ficus, nuestro bello ficus
Que abraza a este edificio que tiembla a la mínima, como algo gelatinoso, un pabilo, o una
Membrana repulsiva; un algo que no se mantiene en pie como nosotros, eternamente muertos
Oscuros, interrumpidos