Los altibajos, o mejor dicho: el balance, el drama, la fatiga espiritual mientras caminas por las calles improvisadas, con las manos sudorosas como señal inequívoca de que en medio de esta parsimonia, o suspicaz calma, algo no va bien, quizá, en el plano interior, pongamos, son las mejores pistas, las señales del dios encabritado, la prueba de que a pesar de todo cuanto hayas pensado, o planeado, o esbozado, la cosa tiende a desmoronarse; pero no como castigo kármico, sino al contrario, es la prueba de que hay cierta naturaleza restitutiva, o ciclo, y de que en el cosmos las unidades se equilibran, y sobre todo, de que nada podrá nunca reducirte, transfigurarte en número, o concepto plano, o yermo infértil, o equívoco simple, porque nada –acá nada– podrá reducirte nunca a un simple destino unidireccional.
Quiero decir: el impasse es un regalo, y el descenso no es un prueba (eso sería demasiado fácil). El descenso es el tuétano. El laberinto es la carne. Y el hambre. Los altibajos son los aviones, y las autopistas; y la línea de lámparas callejeras, o farolas, que se lee más lindo, unas iluminadas, otras fundidas –como exiliadas por decisión propia–, unas desapareciendo, escapando, o estallando, quién sabe.
Yo es que te dije con la mejor de las intenciones que lo importante es el salto, que nosotros somos el salto y que somos las ventanas del mundo. Las ventanas son nuestro lugar en el mundo. Pero nunca tuve la intención de quebrarte (ya me gustaría a mí quebrarte), yo –como dice la canción– sólo quería morder la copa de vino como un loco y pedir más vino y explicarle al camarero que descuidara, que sólo quería arrancarme la boca, o los besos que ha recibido esta boca, no recuerdo exactamente cómo iba, o a qué iba.
Yo sólo estaba aquí parado, confuso, para ver si estorbaba, para ser partícipe del tránsito, de la multiplicación de choques en el espaciotiempo, para ver si me involucraba en algo, aunque fuera pararme en la esquina más transitada y embrutecer el flujo. Yo sólo quería embrutecer el flujo y embrutecerme en el flujo, como todos. O porque no tenía nada interesante qué decir, ni nada trascendental qué explicar, porque en ese punto no había nada trascendentalizable, digamos.
Yo quería pasear en el parque y a la vez yo era el parque, el pulmón, el impulso, pero sobre todo el espía. Quería acercarme y te seguí unas cuantas manzanas sin que me vieras –me aseguré de que fuera imposible que me percibieras– y te vi subir al autobús y me subí al autobús a escondidas. Me senté en un asiento estratégico y te vi sonriendo cuando en la curva la inercia te empujó hacia la ventana. El asiento te quedaba demasiado grande y resbalaste de izquierda a derecha como resbalan los niños, por una cuestión de peso, y sonreí contigo, sin que me vieras (me aseguré de haberme emborronado). Te bajaste en cierta parada. Pude haberme quedado abordo del autobús, y quizá lo hice, no puedo estar seguro. Recuerdo que te vi metiéndote a un edificio de estética demasiado simple, de esa que se relaciona ahora con el comunismo; que me quedé en el jardín que habitaba en la entrada; que imaginé que las plantas un día tomarían de nuevo los territorios del hombre, quién sabe; que conquistarían de nuevo la tierra comenzando por el norte. Mi intención era destruir los manuales, sólo. Hacerlo de nuevo sin intrucciones, es decir: repitiéndolo correctamente. Hagámoslo de nuevo sin instrucciones. Hagámoslo bien esta vez, etcétera.
Yo sólo quería embrutecerme, como todos. Hacer lo que nunca había hecho. El anulamiento, la catástrofe. Hallarle un algo a la cosa, como decía el hispanouruguayo, cuando se ponía en plan didáctico. Echarme en el sofá de la sala y cepillarme la bibloteca entera, y hacerlo, de verdad hacerlo. Encerrarme en no sé qué sitio. Y andaba por allá confuso, y en no tengo claro qué momento fue como si te atrajera una fuerza centrípeta, y allá andábamos varios. Charlábamos de Cendrars, de Victor Hugo, de Castaneda, de Derrida, de Salvador Allende, de Hugo Sánchez, de la NASA, del Bulli de Ferrán Adriá, de los gitanos, de los dichos populares, de la serie Fibonacci, de la Unión Europea, del bicing de Barcelona, del nuevo Papa, de la movida en San Francisco, en Tijuana, en Santiago de Chile, de las llamadas baywindows, del desierto de Sonora y por ende de Roberto Bolaño, claro, de Mario Santiago Papasquiaro, de los poemas de Daniela Camacho escritos desde Tokio, de los aviones modernos, o posmodernos, que ahora quieren construir sin ventanas para ahorrar combustible, de Pessoa, de Berlusconi, de la novia de Sarkozy, de la lamejtable muerte de Michael Jackson y de dónde estábamos cuando sucedio (yo viajaba en coche de Madrid a la Comunidad Valenciana y nos enteramos al parar por gasolina y ver los periódicos), del pop boliviano, del cáncer de Chávez, de Baudrillard, de Alaska y los Dinarama, de los muros verdes, de las Méridas y las Córdobas, de la comida orgánica, del precipicio, del sistema de castas en India, de los huicholes, de los purépechas, de los incas, de los berber, de que a los bares en Los Ángeles ahora no les ponen nombre, de Orozco, de los plastiquetes con que cubren las fachadas de los edificios para que luzcan más modernos, del agua embotellada, de la tecnología, de los aluxes y otros duendes, de la poética de lo inacabado, o peor: de lo inabordable. Éramos los que llegábamos con cara de muertos.

Yo sólo quería estorbarle a la gente, callarme la boca, aliviar la culpa, digamos. Y nos embrutecíamos hasta las mil y probábamos de todo: acostarnos con todos, en la misma casa, y nos salieron algunos tiros por donde no esperábamos, y, además, siempre perdía el Atleti. Descubrimos la naturaleza del desencanto, o algo parecido, y que eso no se relacionaba en absoluto con la inacción, sino con los poemas de Panero, o con la danza, o con el techno, o con la psiconáutica. No recuerdo con claridad. O puede que haya visto la cosa con tal claridad que –como escribe László Krasznahorkai en Melancolía de la Resistencia (llevada en parte al cine por Bela Tarr, en Armonías de Werckmeister)– era casi como si hubiera enloquecido. Y en efecto, era casi como si hubiésemos enloquecido todos. Y lo hablábamos en la azotea de Diego –sobre la Cibeles mexicana–, que si el desasosiego es en el fondo el impulso, que si la debacle es en el fondo la salida, que –como decía Rimbaud– cierta destrucción es necesaria.
¿Y si hubiera fórmulas matématicas para descifrar misiones del tipo No
sé lo que quiero pero me parece que me acercaré a ti o yo qué sé?
¿Y si fuésemos como la luna y todo, absolutamente todo, se quedara para siempre grabado en nuestra superficie?
Yo sólo estaba quieto, mirando lo que pasaba, y te decía lo de los altibajos, quizá, querida, son para bien, o quién sabe. Yo qué sé. Ojalá fuéramos los yonquis del metro, o los vagabundos de la Roma, para siempre libres, sin tener que pagar los créditos, ni las rentas, ni todas esas cuestiones inabordables, carentes de toda gracia. Ojalá pudiéramos prescindir de nuestras opiniones. El balance, el drama, la fatiga espiritual, son en efecto sólo una especie de referencialidad o correspondencia de la contraparte, de la contracara, de aquello que queda (sea lo que sea) detrás de la(s) máscara(s). El descenso es el tuétano. Y al azar hallarás la salida. Etcétera.
No ya en serio yo sólo quería desabotonarte la blusa y empujarte de nuevo contra la pared de mis escaleras y cancelar el mundo. Eso era lo que buscábamos: cancelar el mundo, sabernos parte del cosmos y sentir ese pálpito de luz o el relámpago en la boca, el eco de la vida, digamos, el paso, el tránsito, el aliento y hacer un sonido digno.

No ya en serio sólo un sonido digno y subir a la montaña donde el dios venado ayudó al niño sol a ascender a los cielos para iluminarnos la tierra y regalarnos en alma al designio del niño sol y hacer un sonido tributo, un sonido digno, un altar. Hacer de nuestra vida un altar para el cosmos, un canto, una nota, una carta, lo que fuera. Eso era lo que buscábamos. Surfear los altibajos, surfear sobre el eje zeta, y, como dice la canción, volver como el surf, haciéndonos los valerosos. Salir de caza y pintarnos las caras. Salir de casa para no volver y averiguar en qué consiste la nostofobia, o al menos la (in)certidumbre Queríamos evitar la indolencia como fuera posible, conmovernos, algo. En cambio inhalamos cuanto pudimos y nunca nos aprendimos los nombres de las estrellas y te perseguimos más de una vez sin que nos vieras. Casi podríamos decir que aprendimos a hacernos los invisibles, los fantasmáticos. Salir de caza a los bosques y a pulir las piedras del monte. Salir de la carcasa en el sentido exoesqueleto y también en el sentido bomba. Tirar la puerta no sin antes asegurarnos de tenerla bien cerrada para poder arremeter en su contra con todo. Salir de caza a por los premios. Salir de casa a por los premios. Las chicas. Salir en búsqueda del infinito y salir sin motivos. Queríamos salir a toda costa y recorrer todas la orillas que pudiéramos, los páramos, los pedregales, los desiertos, los bosques de alta montaña, los altiplanos, las cordilleras, las selvas, los ríos entubados y los abiertos, los pueblecillos, las zonas rurales, las fronteras, la estepa, los hielos, los pavimentos, los parques, los subterráneos, los interurbanos, los nocturnos, los camiones de carga, las mulas, los burros, las autopistas, las vías rápidas, los pasos a desnivel, los cruces peatonales, los monasterios del XVI y del XVII, los caminos reales, los caminos indígenas, las reservas, los suburbios, los barrios de ricos, los estadios, las plazas públicas, los edificios municipales, las horcas, los palacios y palacetes, las laderas, los montes, las llanuras, las hondonadas, las barrancas, los no lugares (si existiesen), los parlamentos, las buhardillas, los rincones secretos, los laberintos, las casas de huéspedes, las casas de seguridad, las granjas, las fábricas, los intersticios, o intervalos, los ritmos, los balcones, los palcos, las azoteas, las terrazas, los andenes, etcétera.