12 julio 2011

El truco está en hallar la ventana espacio temporal indicada y arrojarse. O simplemente en arrojarse porque nada es para siempre correcto.

un sueño
en el que no pasaba nada
un árbol hueco que era un peligro
unas chanclas
la duela
los remates de la ventana de principios del siglo XX
el símbolo
del hastío también en el sueño
hondo vaciamiento
estas ganas de renuncia
sólo por decir he renunciado
nada queda
es decir he salido
victorioso
he descendido como cualquier héroe que se precie
he vencido
he muerto
he renunciado
he negado
he navegado
he mentido
he arrasado y he despilfarrado todo
yo sólo estaba cruzando el desierto
sólo me adentraba en el lago
a mí sólo me estaba dando el viento en la cara
sólo estaba contemplando el abismo
aquí me puse
entre las soledades brutales
sólo para ver qué pasaba
sólo me peleaba contra las olas a sabiendas de la derrota perpetua
sólo me estiraba desde la lancha de madera para tocar la espuma de las olas
que siempre desaparecía justo cuando estaba a punto de alcanzarla
sólo recorría la caverna
no hallaba salidas
aquí ya no quedaban ventanas
espacio temporales
ni de ningún tipo
he renunciado
he robado
me he encerrado
he despilfarrado todo
y si pudiera
lo haría de nuevo
lo hacía de nuevo
he perdido el camino
y en mi sueños ya no pasa nada
un peligro inminente
invisible
la (in)quietud de un muro blanco
una puerta de madera hinchada
un continente calcinado
rodeado de solitarios brutales
espirales pasivo agresivas
el vórtice
ceniza en la punta de la ceniza







Imagen del autor. Northridge, California, 2010.

Aquí hay un sueño en el que no pasaba nada, justo como se describe. Aparecían unas chanclas sobre la duela, los remates de la ventana.

Hay espirales pasivo agresivas y el recuerdo infantil de querer tocar la espuma en el mar de Veracruz
. Mi madre le pidió al lanchero (que nos transportaba de un barco grande a la playa) que bajara la velocidad para que yo pudiera alcanzar la espuma que se formaba en la cresta de agua que dejaba el motor; pero cada que reducía la velocidad la espuma desaparecía. Una vez que logre tocarla no me pareció nada del otro mundo: era agua que se deshacía entre mis manos.

Hay otro recuerdo infantil en el mar de Colima. Pasaba los días enteros imaginando que peleaba contra el mar. Nunca lo vencería, lo sabía, pero valía la pena intentarlo. Era un acto valeroso.


Hay un deseo de renuncia y una imagen del desierto de Erg Chebbi.

Está el lago de Pátzcuaro.

Había la intención de describir el cielo del D.F., pero no hizo falta. Ese cielo es la ausencia del cielo.

Hay un despilfarro firme.

Solitarios brutales.

Hay una imagen tomada de lejos, y varias presencias (o ausencias) inquietantes.

Lo del tema se lo debo a Eri Muñoz, que me hizo fijarme en los sueños, una vez que yo casi nunca les pongo atención.

Justo un día después de leer Diario de sueños, de Homero Aridjis, escribí este texto.

La imagen final se la debo a Primo Levi, pero ni siquiera de primera mano, sino que se la debo en realidad a Mónica Nepote.

Originalmente iba a escribir otro tipo de texto, en el que abordaría la idea de la renuncia a la escritura, la necesidad de vaciarse, desde una perspectiva muy fresca, muy ágil, con toda sinceridad. Pero al final este fue el resultado.

Hay una voluntad derrotista.

Y un continente calcinado.